CONDENADOS A ENCONTRARSE

CONDENADOS A ENCONTRARSE

PEREZ-REVERTE-en-stepienybarno--284x300A estas alturas de la película casi todos sabréis que somos el restaurante de Arturo Pérez-Reverte cuando viene a Sevilla, y que nos cita en tres de sus novelas, pero lo que casi nadie conoce es que, hace años, mientras compartía su mesa habitual con Juan Eslava y Rafael de Cózar, aquí nació, de sopetón, su siguiente novela, La Carta Esférica.

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CONDENADOS A ENCONTRARSE

Son como niños. Míralos. Tres tíos como tres trinquetes y ahí los tienes hablando de lo de siempre: de vino, de mujeres y de batallitas. Si no fuera por lo que es iba a estar aquí su abuela. Ya es la cuarta vez que vengo a comer a Becerra para hacerme la encontradiza con ellos y no hay manera. Siempre en su mesa redonda del rincón y a lo suyo. Como si el mundo acabase en los espaldares de sus sillas.

Juan, bonachón, culto, satírico y con ojillos burlones, sigue dando el peñazo con lo del aceite de oliva. Vengan picuales arbequinas y hojiblancas para arriba y para abajo. No es que una servidora quiera quitarle mérito a nuestro aceite, pero es que, cuando se abusa de él, empalaga y aburre, como los hombres. Lo que le da vida, chispa, filin, a un aliño o a una ensalada, es el vinagre. Lo masculino es el aceite: omnipresente, prepotente, denso y presuntuoso. Lo femenino es el vinagre: concentrado, invasor de los sentidos, ácido, y peligroso si te pasas con él (o con ella).

Sí hay que reconocerle al de Jaén una habilidad innata para comer, beber y no parar de hablar sin poner perdido al de enfrente, que indefectiblemente es Rafael; Fito para los amigos. Con una pinta de buena gente que no puede con ella. Fiel a su estética de los setenta. Bohemio, patilludo, barriguita cervecera a pesar de que su copa de manzanilla Papirusa es ley antes de comer. Siempre con la sonrisa en la boca. Tierno, en el sentido masculino de la palabra. Y quizás un poco senequista de Pemán. Será por sus años gaditanos, digo yo, que todo se pega en este mundo.

 De esta cuarta vez no pasa. No puedo permitirme ese lujo. Me va demasiado en el invento. Las dos primeras intenté pasar desapercibida. No me interesaba que se percataran de mi presencia. Había que estudiar el terreno sin que el enemigo se mosqueara. Objetivo cumplido. La tercera vez vine vestida algo más sexy que las anteriores y pasé un par de veces por delante de su mesa camino de los aseos con un contoneo casi en el límite de la provocación. Pero que si quieres arroz (con menudillos), Catalina. Ellos a lo suyo entre papas aliñás y Pago de Carraovejas. No tienen mal gusto para el vino los puñeteros. Y yo no quería dar más paseos a los servicios, que ya saben ustedes lo que se dice: que quien no para de ir al baño; o tiene problemas de próstata, o nasales. Yo, que sepa, de próstata nada de nada, que ni me llamaba Manolo en mi juventud ni nada parecido. Lo mío es todo natural. Y con respecto a la narisssnifff, pues menos aún. No me gustan los chulos, y la droga es el peor de ellos.

A estas alturas se estarán preguntando quién soy yo. Pues verán ustedes; yo soy pero no soy. No es que quiera jugar a la Bruja Lola con acertijos surrealistas ni velas negras; simplemente es que aún no es el momento de dar más detalles, sobre todo porque aún no soy, pero lo seré. Ustedes sabrán perdonarme por la intriga. Y sigo con el relato, porque de hoy no puede pasar que ese trío Calavera se fije en mí. Por lo menos el tercero en discordia, el que parece el jefecillo. El tal Arturo. Novelista, periodista, españolista, amigo de sus amigos, introvertido, y, según sus propios artículos en los dominicales, un punto borde cuando le buscan las cosquillas. Acaba de presentar su último éxito, “La Piel del Tambor”. Él es mi objetivo.

Tampoco se imaginen ustedes que soy una de esas cazafamosos en busca de un escarceo para vivir del cuento dando pelos y señales por todas las televisiones y sucedáneos de cómo, cuándo y dónde nos lo montamos. Aunque también es verdad que él es imprescindible para mí. Mi propia existencia depende de él. Pero no nos pongamos trascendentales. Por lo menos antes de tiempo.

En vista de que el look vampiresa no me había dado demasiado resultado, recurrí a un buen estilista que pensó que, para llamar la atención de un número uno que no ejerce de ello, intelectual, en el sentido menos aburrido de la palabra, y que ha visto de casi todo en su vida de reportero, lo mejor es no mostrar, ni siquiera insinuar, sino ocultar. Me tiñó el pelo de rubio. Me hizo un corte años veinte: melena muy corta, lacia, y con dos puntas hacia adelante paralelas a mis mandíbulas que me ocultaban prácticamente el rostro. Veinte sesiones de rayos UVA que le dieron a mi piel el sano aspecto de quien vive en plena naturaleza. Y, para vestir, un simple bluyín medianamente gastado, camisa blanca de popelín y camisola de ante color oro viejo.

Fueron fracciones de segundo, pero lo cacé al vuelo. Rafael de Cózar había subido al baño. Juan Eslava hablaba por su móvil. Y Arturo giró su cabeza noventa grados a estribor para pedir la cuenta. En ese preciso momento me desabroché con cuidadoso descuido un botón de la camisa, hice tintinear la cadena de plata que llevo colgada al cuello y él me miró. No le di opción. Le atrapé con mis ojos de tierra y de cielo. Me levanté sin dejar de mirarle. Avancé hacia él sin que mis zapatos de tacón bajo casi rozaran el suelo. Mi mano bajó como sin querer desde mi pelo hacia ese punto del escote en el que se perdía la cadena, recorriendo un universo de minúsculas pecas casi del mismo color que mi piel. Rocío de bronce sobre yerba también de bronce. Llegué a su altura. Me senté. Sus ojos y los míos apenas estaban separados por medio metro. Un abismo. Cinco segundos. Seis. Siete. Abrí fuego:

— Buenas tardes Arturo. Soy yo, la protagonista de tu próxima novela, aunque tú aún no lo sepas. Toma mi tarjeta y ya hablamos en Madrid. Por cierto, la próxima vez no dejes de pedir la carrillada de puerco, está de muerte. Te espero.

— Arturo — le preguntó Juan mientras apagaba su móvil– ¿Quién era ese pedazo de bombón?

Y Arturo, mudo, entregado, le pasó la tarjeta a Juan mientras comenzaba a navegar por la estela invisible que ella dejó al salir.

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Enrique Becerra

Enrique Becerra Gómez, de su libro “Recetas con Historia”, Ed. Almuzara.

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2017-08-24T12:37:48+00:00

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