El reloj, las prisas, vivir a la carrera, llenar las horas de actividades y reflejarlas todas en las redes sociales. El tiempo es oro y a veces parece que tenemos miedo de que se acabe. En un mundo cada vez más acelerado e incluso estresado, la tendencia gira en sentido opuesto: vivir despacio. Es lo que ahora se denomina slowlife.

Tómese su tiempo para relajarse, tómese su tiempo para pasear, puede usted incluso respirar y, por supuesto, tómese su tiempo para comer. Nosotros nos lo vamos a tomar para cocinar. Bienvenidos al slowfood.

Del mercado a la mesa

Cuando hablamos de cocinar, nos referimos a todo el proceso completo: desde que vamos al mercado, escogemos los productos y pensamos cómo vamos a elaborarlos hasta que acaban en su mesa. Sabores hechos con cariño partiendo de lo que pone a nuestra disposición la propia naturaleza y la producción local.

Antaño una familia comía en función de lo que se producía tanto en la agricultura como en la ganadería. Por supuesto, ambas dos a nivel local. ¿Qué pensaría esa familia si le dijéramos que desconocemos la procedencia de lo que estamos comiendo?

El ansía de vender más, producir más y correr más ha llevado al mundo a comprar determinados alimentos durante todo el año cuando éstos se producen en una temporada muy concreta en un hábitat muy concreto. Esto afecta a su sabor y a sus propiedades y cambiará por completo el resultado.

La cocina de mercado se impone con fuerza para defender un modelo de restauración sostenible y de calidad. Los chefs más reconocidos a nivel internacional van al mercado a diario y crean platos en función de los productos que han seleccionado. De esta forma el mundo también tiene un respiro y los ciclos de la naturaleza siguen su curso. Comamos setas en otoño y tomates en verano.

¡Qué viva la cocina del mercado!